martes, 27 de agosto de 2013

¿Qué manos se mueven detrás del genocidio con armas químicas en Siria?

[VxL! Nº11] Al borde de una nueva intervención militar imperialista. Tras el cobarde ataque en Ghuta, rusos, yanquis y europeos debaten sobre la posibilidad de una intervención militar en Siria. Todos los imperialismos meten mano en la puja siniestra entre el régimen de Assad y los rebeldes.


La bestialidad regando el horror a su paso consiguió retratar en Siria la crueldad de una guerra que cada día se endurece más. Cientos de muertos, muchos de ellos niños —algunos de apenas unos pocos meses—, daban testimonio del drama que asoló la localidad de Ghuta, en la periferia de Damasco. La oposición denuncia al menos 1.300 muertos en esta nueva matanza. 
Pero hasta la elevada cifra de víctimas palidece ante la denuncia de que no fue tan sólo un bombardeo. Proyectiles lanzados desde el aire cargados de gases neurotóxicos habrían resultado el arma empleada por el régimen de Bashar al-Assad para aplastar al bastión rebelde. “Unos 3.600 pacientes con síntomas neurotóxicos llegaron a tres hospitales de Damasco, de los cuales murieron 355”, señalaba un médico humanitario de una de las tantas ONGs en la región. Un genocidio cobarde.
Las potencias imperialistas —Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia, Alemania— mantienen desde hace más de un siglo al Oriente Medio como una “zona caliente” de sus disputas hegemónicas. Ellas son las principales productoras y proveedoras mundiales de esas espantosas armas “de destrucción masiva”, y muy probablemente las han proporcionado tanto al régimen dictatorial sirio de Bashar al-Assad como a la heterogénea oposición armada que lo combate, parte de la cual es apoyada y armada por Washington y las potencias europeas.
El gobierno de Siria cuenta con dos aliados muy importantes: Rusia tiene allí su única base aérea y marítima fuera de su territorio, el puerto de Tartus, con el que se abastecen los buques rusos que navegan el Mar Mediterráneo. Irán también le provee de armamento, tropas y sustento económico. 
Siria ha representado el contrapeso a Israel en la región: Israel es a Estados Unidos como Siria ha sido a Rusia. Estos dos países han encarnado el tablero de ajedrez donde las grandes potencias imperialistas mueven sus fichas en el gran juego de los intereses de la disputa interimperialista en una de las regiones estratégicas del mundo.
Ahora, el peligro de una intervención militar y una guerra internacional abierta se hace más grave en una región que ya es un polvorín por los conflictos de Egipto y El Líbano.

Intervención, ¿de quién y para qué?
El presidente yanqui Obama había afirmado en relación a Siria que el uso de armas químicas era la “línea roja” que haría necesario que “el mundo” interviniera. Ahora ya negocia en las Naciones Unidas un “consenso” para darle a esa intervención una fachada “multilateral”, como lograron hacer en Libia. Francia, miembro permanente del Consejo de Seguridad, por boca del presidente Hollande reclamó una “reacción de fuerza” contra el gobierno sirio.
Sin embargo, en la ONU yanquis y europeos chocan con la oposición a la alternativa militar por parte de los imperialistas rusos, principal respaldo internacional del régimen sirio desde los ’70, en tiempos de Hafez Assad, padre del actual presidente. Y probablemente chocarán también con la oposición de China, que últimamente viene avanzando en sus relaciones económicas y políticas con Siria; ahora Beijing reclamó que el problema sirio tenga una “solución política”. 
Ante esta situación, Obama, en medio de las idas y vueltas de sus alianzas con los sectores belicistas tanto del partido republicano como del demócrata al que pertenece, y presionado por Israel y Turquía —sus apoyaturas más importantes en la región—, estudia la posibilidad de una intervención “colectiva” pero por fuera de la ONU y basada en la OTAN.
El Pentágono ya movilizó barcos de guerra en preparación de un posible ataque con misiles contra Siria. Sin embargo vacila en involucrarse en una nueva guerra con un país islámico. Escaldado con la larga experiencia de las invasiones a Afganistán e Irak —a los yanquis no les fue allí precisamente bien, debido a la intensa y prolongada resistencia popular y también al avance de potencias imperialistas rivales en esos países, aún bajo la ocupación norteamericana—, Obama teme que cualquiera de sus “opciones militares” encuentre una dura resistencia de las fuerzas militares sirias armadas por Rusia. Por eso la invasión terrestre está prácticamente descartada. Pero se estudian las alternativas de bombardeos navales o aéreos masivos.

Toda la solidaridad antiimperialista
Los pueblos del mundo deben estar alertas. Cualquier intervención militar imperialista a favor o en contra del régimen dictatorial sirio o de las facciones armadas anti-Assad no tendrá nada que ver con la democracia siria ni con la paz regional, sino más bien con la rivalidad imperialista en un mundo en el que la crisis hace emerger nuevas necesidades y nuevos alineamientos.